" [...] —¿Qué estoy haciendo? Estoy construyendo una catedral." — Parábola anónima (atribuida a la reconstrucción de la Catedral de San Pablo, Londres).
En las últimas décadas, el lenguaje del propósito se volvió omnipresente. Está en las paredes de las oficinas, en los manuales de cultura organizacional, en los discursos de los CEOs y en los perfiles de LinkedIn. Se habla de significado como si fuera el nuevo combustible del rendimiento. Y sin embargo, algo no encaja, porque mientras el vocabulario se volvió más elevado, el desgaste no disminuyó, al contrario, en la opinión de muchos, solo se ha sofisticado.
El problema no es hablar de sentido. El problema es haber convertido este poderoso concepto en instrumento para justificar comportamientos inadecuados. Cuando el propósito se utiliza para exigir más horas, más disponibilidad emocional, más lealtad irracional e incondicional, deja de ser una brújula y se convierte en un amplificador de presión. Y eso más que un error técnico, es una confusión moral. El sentido no fue diseñado para empujar a las personas más allá de sus límites saludables, al contrario, fue pensado para que no se extravíen mientras trabajan y no se ahoguen en el activismo laboral.
Cuando una persona se pierde dentro del trabajo, no solo se erosiona su bienestar individual. Se debilitan sus vínculos, su vida interior, familiar y su capacidad de participar en la conversación pública. Cuando eso ocurre a escala masiva, la sociedad entera empieza a resentirlo y sufrir sus consecuencias.
Imagen de Vilius Kukanauskas en Pixabay
Viktor Frankl entendía el sentido como aquello que permite atravesar el sufrimiento inevitable. No como aquello que legitima el sufrimiento que podría evitarse. La distinción es incómoda, pero decisiva. En el ámbito laboral, implica reconocer que no toda existencia es correcta por el hecho de estar acompañada de una narrativa inspiradora. Si bien hay momentos complicados en los que hay desafíos que asumir como organización, las exigencias excesivas y fuera de lugar son insostenibles.
Encontrar sentido en el trabajo no significa aceptar riesgos que atenten contra la salud. Significa discernir. Hay esfuerzos que fortalecen; hay otros que erosionan lentamente a los equipos. Cuando una organización pierde la capacidad de distinguir entre ambos, el agotamiento deja de ser un asunto privado y se convierte en un fenómeno cultural. Familias tensas, amistades postergadas, comunidades donde la conversación se reduce a la queja silenciosa del cansancio permanente.
El sentido auténtico introduce medida. Protege a la persona del exceso. Y al hacerlo, protege también el tejido social que esa persona sostiene.
Durante siglos, el trabajo fue considerado una dimensión importante de la vida humana, pero no su núcleo absoluto. Aristóteles hablaba del bien vivir; la tradición cristiana lo situó dentro de una arquitectura más amplia del bien común. La esfera de la producción era parte del orden social, no su eje totalizante.
Santo Tomás de Aquino situaban la actividad comercial dentro de la ética. La "empresa" o el comercio solo eran lícitos si contribuían al Bien Común.
Cuando una organización exige disponibilidad total —tiempo, energía, identidad— deja de ordenar la vida y empieza a invadirla. Puede seguir siendo rentable e incluso ser admirada por su eficiencia, pero bajo la superficie, se van gestando múltiples riesgos para la salud y la integridad de las personas. Porque ninguna institución puede reclamar para sí la totalidad de la existencia sin generar fracturas.
El sentido introduce jerarquía. Reconoce la importancia del trabajo, pero también sus límites. Hay bienes superiores: la salud, la familia, la vida cívica, el descanso, la interioridad. Cuando esas dimensiones se subordinan sistemáticamente al rendimiento, el desorden no tarda en aparecer.
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Hoy sabemos que una proporción significativa de trabajadores vive en un estado de desconexión crónica con fatiga acumulada y la sensación de que cada día exige más de lo que devuelve. Esa sensación multiplicada por millones de personas no solo es un problema de las empresas, trasciende las paredes corporativas y es una seria ameaza para las sociedades de todo el mundo:
Una sociedad compuesta por individuos exhaustos puede seguir produciendo, mantener indicadores aceptables, pero se deshumaniza, se desmorona, reduce el diálogo público, evapora el capital social. La energía que podría invertirse en participación cívica o en creatividad social se consume en sobrevivir a la semana laboral.
En ese contexto, utilizar el lenguaje del propósito para “reactivar el compromiso” resulta insuficiente. Puede incluso convertirse en una manera elegante de normalizar un sistema que drena más de lo que nutre.
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Romano Guardini advirtió con gran lucidez que la modernidad técnica tiende a absolutizar los medios y a relegar al sujeto que debería darles sentido. Cuando el liderazgo adopta el lenguaje del propósito únicamente para sostener dinámicas de trabajo que desgastan a las personas, termina reproduciendo precisamente esa lógica: la organización logra resultados y mantiene su rendimiento operativo, pero lo hace apoyándose en un desgaste humano que rara vez aparece en los balances trimestrales y que, sin embargo, se acumula silenciosamente en la vida de quienes sostienen la operación cotidiana.
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El liderazgo verdaderamente orientado por el sentido asume una tarea más exigente y más profunda: custodiar los ritmos humanos que hacen posible un trabajo sostenible en el tiempo, lo cual implica diseñar cargas de trabajo realistas, proteger espacios de descanso auténtico y reconocer que el límite no debilita la productividad, sino que constituye una de sus condiciones de posibilidad más importantes cuando se piensa en el largo plazo.
En este contexto, proteger a las personas no representa un gesto de indulgencia ni una concesión sentimental, sino una decisión estratégica y humana que fortalece a la organización desde su raíz, pues toda institución que consume sistemáticamente la energía, la creatividad y la vida de quienes la sostienen termina, tarde o temprano, erosionando también su propia capacidad de sostenerse.
Edith Stein insistía en que la persona nunca puede reducirse a una función sin perder algo esencial de su dignidad y de su riqueza interior, y cuando una organización asume seriamente esta convicción comienza a transformar también su manera de evaluar el éxito, incorporando criterios que van más allá del resultado inmediato y que introducen una pregunta más exigente sobre la calidad humana del crecimiento que se está produciendo.
Una organización verdaderamente centrada en la persona no disminuye la exigencia ni renuncia a la competitividad; más bien las ordena dentro de una arquitectura más amplia de bienes humanos, integrando el rendimiento, el desarrollo profesional y la sostenibilidad de la vida personal en una visión que permite orientar cada decisión organizacional con mayor conciencia, reconociendo que sus efectos se proyectan mucho más allá del perímetro corporativo y participan, de manera silenciosa pero real, en la configuración del orden social.
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La reflexión sobre el sentido en el trabajo termina revelando algo muy concreto: el sentido se encarna en las decisiones. Cada día, dentro de cada organización, las decisiones ordenan los esfuerzos, distribuyen las cargas, fijan prioridades y terminan definiendo el tono humano de la operación. Y esas decisiones nunca son impersonales; llevan el nombre de quienes dirigimos.
Dirigir supone asumir una responsabilidad organizacional, moral y pública al mismo tiempo. Organizacional, porque desde la dirección se diseñan estructuras, ritmos de trabajo, incentivos y responsabilidades. Moral, porque esas decisiones inciden directamente en la vida concreta de las personas que sostienen la organización. Pública, porque la forma en que funcionan nuestras instituciones influye inevitablemente en la cultura social que se forma a su alrededor.
Orientar bien los esfuerzos exige criterio y precisión. Significa calibrar los puestos con realismo, diseñar responsabilidades que desafíen sin desbordar a las personas y mantener un equilibrio razonable entre exigencia y sostenibilidad. También requiere reconocer qué tipo de presión impulsa el crecimiento profesional de los equipos y cuál comienza a deteriorar su energía, su carácter y su capacidad de colaborar.
La dirección requiere además una comprensión fina del talento. Cada puesto plantea exigencias reales y cada persona posee capacidades y ritmos distintos; la tarea directiva consiste en encontrar esos encuentros fecundos donde el perfil adecuado se encuentra con la responsabilidad adecuada. Allí aparece el mejor trabajo. La retención del talento surge cuando las personas descubren trayectorias donde pueden aprender, aportar y desarrollarse con plenitud, mientras que el crecimiento de los equipos se refleja tanto en los resultados como en su creatividad compartida, su coordinación y su confianza operativa.
Las organizaciones están llamadas a crecer, innovar y ampliar su impacto, pero la calidad de ese crecimiento depende del modo en que se construye. Las instituciones más sólidas son aquellas donde el desarrollo organizacional avanza junto con el desarrollo de las personas que las integran, de modo que la expansión de la organización ocurre con su gente y no a costa de ella.
Los directores que comprenden esta lógica entienden su trabajo como una forma de arquitectura humana. Diseñan estructuras que permiten alto desempeño sin sacrificar la integridad de las personas, forman líderes intermedios capaces de exigir con claridad y cuidar al mismo tiempo el tejido relacional que sostiene la operación cotidiana, y consolidan culturas donde el talento encuentra espacio para desplegarse en lugar de consumirse intentando sostener el sistema.
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En última instancia, la responsabilidad pública de la dirección consiste en ordenar el esfuerzo colectivo de manera que produzca valor sin deteriorar la vida de quienes lo hacen posible. Ese equilibrio exige criterio, prudencia y una mirada de largo plazo, porque las decisiones que organizan el trabajo hoy también modelan la calidad humana de las organizaciones mañana.
Las organizaciones crecen cuando se construyen con las personas que las integran. Ese crecimiento fortalece la institución y fortalece también a quienes la sostienen, y casi siempre comienza en el mismo lugar: en la conciencia de quienes tenemos la encomienda de dirigir con responsabilidad a personas en un marco organizacional y con un impacto social.
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